El que fuera hasta 2023 vicedecano ha sido reconocido por su gran dedicación y defensa de la profesión y, junto a ENTIBA, hace balance y reflexiona sobre su trayectoria colegial
“Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Esta célebre frase, atribuida a Confucio, bien podría aplicarse a Vicente de la Pedraja Cañas, ingeniero de minas recientemente nombrado Colegiado de Honor por el Colegio de Ingenieros de Minas del Noroeste de España, un mérito que únicamente han recibido otras tres personas antes que él.
Durante décadas desempeñó un papel crucial en esta institución, primero como secretario general técnico y, hasta hace dos años, como vicedecano. Su carrera es un ejemplo de dedicación y pasión por la profesión, aunque él lo resume con modestia: “Estuve tan a gusto en el Colegio… Pasé 37 años en el Instituto Nacional de Silicosis, como jefe del Servicio de Ventilación de Minas y Estadística, casi otros tantos como profesor en la Escuela de Ingenieros de Minas de Oviedo, seguí colaborando durante más de veinte años con la ingeniería de Madrid en la que trabajé, y siento que no he trabajado nunca”.
Su nombramiento como Colegiado de Honor supone el reconocimiento a toda una trayectoria de compromiso y defensa de la ingeniería de minas, así como a su papel como referente y mentor. En una animada charla con esta revista —de la que él mismo ha sido impulsor y eje fundamental— comenta este honor, que recibe con agradecimiento y cariño, pero también con modestia, pues no se considera del todo merecedor. “El trabajo dentro del Colegio siempre es un esfuerzo conjunto”, resalta. “No sólo de la Junta Directiva, sino también de las personas que trabajan y colaboran con él. Especialmente nuestro asesor informático y de gestión de sistemas, Francisco Javier Iglesias, y nuestras dos secretarias, Marta León y Ángeles Menéndez, con quienes hemos tenido la suerte de poder contar durante muchos años. Actualmente, desde que yo dejé el Colegio, también se cuenta con Fernando Antuña, secretario técnico”. Insiste: “Es un trabajo de equipo total, de todos”.
No obstante, su dedicación personal y la contribución que ha hecho a la profesión son ampliamente reconocidas por quienes le rodean. Su llegada a la institución colegial dejó una huella imborrable, y para muchos, hablar del Colegio no se concibe sin pensar en Vicente de la Pedraja.
Primeros pasos
Fue en 1972 cuando Vicente de la Pedraja se unió al Colegio como secretario general técnico. Un año antes había llegado de Madrid, donde trabajaba como director técnico comercial en una empresa de ingeniería que le obligaba a viajar con frecuencia.
La oportunidad de trasladarse a Asturias surgió con la creación del Instituto Nacional de Silicosis, que ofertaba cuatro plazas de jefe de servicio para ingenieros de minas. Accedió a una de ellas y no lo dudó: “Mi mujer, Toñi, estaba embarazada y quería estudiar Medicina, así que pensamos que en Oviedo todo nos sería más sencillo”.
Este nuevo trabajo tenía un horario de ocho a tres, lo que le dejaba las tardes libres. Decidió entonces proponer a su antigua empresa seguir colaborando de forma remota desde Asturias, y así lo hizo. Poco después surgió otra oportunidad: el Colegio buscaba un secretario general técnico. “Lo comenté con unos compañeros, que me animaron a intentarlo. Finalmente, envié una carta ofreciéndome para el puesto”, recuerda.
En aquel momento, competía con otros candidatos. Los encargados de la selección fueron el decano y el secretario del Colegio, Bernardo Donapetry Orts y José Emilio Durán Zaloña. El proceso duró unos días y, al final, “fui yo el elegido”, dice agradecido.
La sede del Colegio estaba entonces ubicada en la Cámara Oficial Minera de Asturias, muy cerca de su vivienda. La coincidencia parecía ideal, pues pasaba allí las tardes, dándole vida al Colegio. “Empezamos a organizar actividades, como conferencias en el salón de actos de la Cámara, a mecanizar procesos y a modernizar toda la parte técnica”, recuerda. De esa época destaca especialmente el apoyo del administrativo de la Cámara Minera, Pedro Cabal: “Una gran persona, muy trabajador y ordenado al máximo”. Menciona también al ujier Severino, quien colaboraba en diversas tareas.
Un espacio propio
Con el tiempo, las instalaciones se quedaron pequeñas y fue necesario buscar un espacio propio. Así fue como finalmente llegaron a la sede actual en la calle Asturias, un lugar que marcaría un antes y un después en la historia del Colegio.
El edificio estaba en construcción y ocupaba el lugar del antiguo Hospital Getino, por lo que, inicialmente, se le conoció como Edificio Getino. Se adquirió el espacio que hoy ocupa y, como recuerda Vicente: “Hubo que hacer una obra importante, pues la planta era diáfana, por lo que se contrató al reconocidísimo José Antonio Menéndez Hevia, del estudio Bureau 70. José Antonio conocía el despacho e instalaciones de la Cámara Minera, donde se habían reunido, y cuando comentaron lo que querían en el nuevo local, más o menos le dijeron: “Hemos estado en un lugar obsoleto y decadente; queremos algo moderno y emergente”. Y vaya si se logró. El resultado es el mismo que puede verse en la actualidad, con un diseño por el que parece no haber pasado el tiempo. Entre sus contribuciones destaca una joya del diseño: la mesa de la sala de juntas, un diseño del prestigioso arquitecto Norman Foster, con una elegante tapa de cristal y patas inclinadas de acero.
La idea siempre fue convertir el espacio en un verdadero Colegio para los colegiados. Como él mismo explica: “Cuando no teníamos sede propia, casi nadie pasaba por allí. Con este lugar, conseguimos unificar y atender mejor a los compañeros”. La intención era que sintieran la sede como un hogar. Desde su inauguración, ha sido un punto de encuentro que ha dado lugar a numerosas iniciativas y actividades.
En esa misma línea de fortalecer la unión del colectivo mediante espacios compartidos, se mantuvo la celebración de la tradicional comida de Santa Bárbara, que, igual que ahora, se celebra cada año en el Real Club de Tenis de Oviedo. Se viene realizando, al menos, desde la década de 1950.
El ex vicedecano rememora también las cenas de colegiados y acompañantes, que comenzaron a celebrarse en aquella época. Se llegaban a reunir cerca de quinientas personas, y no faltaban actuaciones de gran atractivo. Dado el elevado número de asistentes, estas cenas se fueron celebrando en distintos lugares, hasta que se inauguró el Hotel de la Reconquista, donde desde entonces se siguen realizando varios de los encuentros colegiales. Por estos encuentros pasaron famosas folclóricas y humoristas de plena actualidad. En alguna ocasión, rememora entre risas De la Pedraja, hubo algún pequeño lío por los chistes, que no siempre encajaban con el público presente. Y poco a poco comenzaron a organizarse actividades culturales que iban más allá de la Ingeniería de Minas.
Fue entonces cuando surgió el Certamen de Pintores, una iniciativa que dejó de celebrarse hace unos años debido a la complicada logística que requería el envío y almacenamiento de las obras. Según cuenta Vicente de la Pedraja: “La idea de organizarlo surgió por mi amistad con Evaristo Arce y Rubén Suárez, cofrades como yo de la Cofradía de Amigos de los Quesos del Principado de Asturias. Evaristo, entre otras cosas, llevaba las colecciones de arte de importantes familias asturianas, y Rubén era crítico de arte del periódico La Nueva España. Con su apoyo y conocimientos, empezamos a organizarlo”. Las obras eran expuestas en sedes cedidas por el Ayuntamiento y, en alguna ocasión, por el BBVA. Algunas de ellas permanecen en la sala de conferencias de la sede del Colegio. Posteriormente, a este Certamen nació otro para Escritores, que aún se organiza cada dos años y que se alternaba con el de pintura.

Nacimiento de ENTIBA
De la necesidad de mantener informados a los colegiados nació ENTIBA, que en sus inicios nada tenía que ver con la revista actual. Según Vicente, aquel ENTIBA fomentaba la unión colegial, pues era mensual y, además, los editoriales, de una calidad extraordinaria, trataban temas candentes del Colegio, de total actualidad. Los escribía Ángel Arias, quien continuó haciéndolo en el nuevo ENTIBA, pero ya con temas generalistas, hasta su fallecimiento en 2023.
A la vertiente cultural se sumó también la deportiva, y Vicente, junto con otros dos o tres compañeros, socios también del Club de Golf de la Barganiza, impulsó el Campeonato de Golf de Santa Bárbara. Este año se ha celebrado el XXXIX Campeonato.
Durante los años que Vicente de la Pedraja trabajó con intensidad y acierto en el Colegio, entre 1972 y 2024, coincidió con siete decanos: Bernardo Donapetry Orts, Luis Sáenz de Santa María, Pedro Martínez Arévalo, Silverio Castro García, José Ángel Fernández Valcárcel y el actual, Juan José Fernández Díaz.
Además de repasar la historia del Colegio, le pedimos al reciente colegiado de honor una pequeña reflexión precisamente sobre la importancia de los colegios profesionales y, en particular, sobre el Colegio de Ingenieros de Minas. “Los colegios profesionales, tienen la función fundamental de defender los intereses de la profesión y de sus colegiados, así como colaborar con la Administración”, responde, al tiempo que recuerda que “para ejercer la profesión de ingeniero de minas es obligatorio estar colegiado”. Sin embargo, lamenta, “las empresas no lo exigen habitualmente y el Colegio tampoco lo hace de forma muy activa”.
¿Y los jóvenes ingenieros, están más desvinculados del Colegio?, le preguntamos. “Hoy en día, aunque el Colegio es cada vez más conocido y tiene muchas más actividades, el vínculo con él es muy diferente. Hace unos años, cuando acababas la carrera, tenías empleos para escoger y podías elegir lo que más te gustara; te colegiabas de inmediato porque era el paso natural. Ahora, son otros tiempos. Los ingenieros, de cualquier rama de la ingeniería no tienen la importancia social y profesional que teníamos antes. La colocación puede tardar en llegar, no existe el compañerismo ni la unión de antes. Hay varias Escuelas de Ingenieros de Minas, algunas poco conocidas, con prestigio muy diferente y sensibilidad profesional también diferente, lo que hace que no se tenga interiorizada la misma necesidad e importancia de la colegiación”.
Evolución de los estudios
En cuanto a la evolución de la profesión, comenta: “En mi primera época, estaba en vigor el Plan de Estudios de Ingeniería, creo que era de 1947, y la carrera de ingeniero, en todas sus ramas o especialidades, se estudiaba en lo que se llamaban Escuelas Especiales. Si querías estudiar ingeniero de minas, tenías que hacerlo en la Escuela Especial de Ingenieros de Minas de Madrid, que era la única que existía en España. El ingreso se preparaba en academias y te examinabas en la Escuela, en la que había convocatorias en junio y septiembre. A esos exámenes se presentaban 300 o 400 alumnos, y aprobaban 30 o 40”, recuerda.
En los últimos años 50 cambió el Plan de Estudios y se creó la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas de Oviedo (ETSIMO). Las Escuelas, en vez de ser Especiales, pasaron a llamarse Escuelas Técnicas Superiores. Para entrar en el primer año de carrera había que aprobar un Curso Selectivo y otro de Iniciación, que se cursaban en la Escuela. Este Plan de Estudios se mantuvo hasta los primeros años 70, en que volvió a cambiar. “Con cada cambio de plan posterior (1983, 1990, 2007-2010…) el nivel de la enseñanza y el de exigencia también han ido variando”, sentencia.
“Con el aumento del número de Escuelas y promociones más numerosas, el número de ingenieros de minas en el mercado ha aumentado, y la dificultad para encontrar trabajo también”, explica. Ahora, añade, te encuentras un tiempo en paro y la colegiación se deja de lado. Sin embargo, defiende: “El Colegio sigue siendo imprescindible, el sitio donde te orientan y te ayudan, porque, al final, es el que está ahí para ofrecer soporte a los colegiados”.
A grandes rasgos, esta ha sido la trayectoria colegial de Vicente de la Pedraja, Colegiado de Honor del Colegio Oficial de Ingenieros de Minas del Noroeste de España. Fue Secretario General Técnico y vicedecano entre 1972 y 2024, dejando una huella profunda e imborrable en la institución, de la que siempre será parte fundamental.
Texto: Irene García
Fotos: Alma González
