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Vivir plenamente es disfrutar con lo que uno hace, y de eso sabe mucho la ingeniera de minas Pilar Orche Amaré, quien, desde su residencia en Sevilla, charla con Entiba de una de sus facetas: la de espeleóloga experimentada. En su forma de narrar se percibe la ilusión por una actividad a la que dedica buena parte de su tiempo libre. La exploración de cavidades desconocidas y la curiosidad científica son dos de los motivos que la hicieron enamorarse de esta práctica. Zaragozana de nacimiento, se crió en Madrid, con la mirada siempre puesta en la sierra de Guadarrama, sobre todo cuando las cumbres estaban nevadas, debido a las aventuras montañeras que le contaba su tío Julio, los campamentos de la OJE en los que participó y, ¡cómo no!, los capítulos de “Al filo de lo imposible”. Cuando se mudó a Galicia, con apenas 15 años, esta incipiente pasión por la montaña la impulsó a buscar un club donde iniciarse. Antes de encontrarlo, estando en Mondoñedo (Lugo), unos amigos del Grupo de Espeleología Rey Gerión de la OJE de La Coruña, la invitaron a conocer la cueva del Rey Cintolo -que recientemente se volvió a abrir al público-, y aquella experiencia la cautivó: “Aluciné con lo que vi bajo tierra. Tanto fue así, que, de regreso a Vigo, decidí que lo que tenía que buscar era un club de espeleología. De esta manera, acabé asociándome al Club Montañeros Celtas, y desde entonces las cuevas han sido una constante en mi vida”.

¿Qué fue antes su interés por la ingeniería de minas o por la espeleología?

Soy hija ingeniero de minas y de geóloga, así que creo que nací con el interés por la tierra en la sangre. No sabría decir si fue antes el huevo o la gallina… Supongo que fueron caminos convergentes hacia ese interés. Mi padre siempre me pregunta: “¿Hija, es que no puedes hacer nada encima de la tierra?”. Y la verdad es que me cuesta, porque lo mío es la minería subterránea, la espeleología, el submarinismo…

¿También submarinismo?

Sí. De hecho, empecé antes a bucear que a practicar espeleología. Sin embargo, como me metí tan de lleno en ella, el buceo pasó a un segundo plano. Con los años he seguido con el submarinismo ocasionalmente. Hace tres años, además de lesionarme un dedo de una mano, me diagnosticaron Síndrome de Sensibilidad Central, así que no me sentía con ganas de entrar en el agua. El año pasado pensaba retomarlo, pero un amigo falleció haciendo unas prácticas de espeleobuceo y en este momento todavía no estoy mentalmente preparada para volver a sumergirme, aunque que sé que más pronto que tarde retomaré esa actividad, porque es realmente fascinante.

En cuanto a la exploración de cuevas, ¿qué fue exactamente lo que la cautivó? 

Es complicado de explicar. Realmente creo que fue la sensación de sentirme tan a gusto ahí dentro, y siempre ha sido así. Nunca me han pesado las toneladas de roca sobre mi cabeza. Desde un punto de vista más racional, también me atrajo mucho el contacto tan estrecho que se mantiene con la naturaleza, especialmente con la geología. Siempre me gustó esa materia, supongo que porque en casa lsiempre vi minerales y fósiles. Hay algo en las cuevas que todavía a día de hoy me sigue asombrando: el poder del agua. Es desconcertante que una sustancia que no puedes coger con la mano tenga la capacidad tanto de destruir la roca para modelar espacios subterráneos inmensos, como de crearla de nuevo en forma de auténticas maravillas, como las formaciones tan insólitas que adornan muchas cuevas.

Esto es lo primero que me atrajo, pero con el tiempo se le fueron sumando los paisajes y sus aspectos naturales y humanos, las aventuras vividas, pero, sobre todo, la gente con la que lo compartes todo. Esto último es lo que de verdad me enganchó y me ha mantenido vinculada desde entonces a la espeleología, incluso cuando estuve casi tres años en el dique seco, debido a una grave lesión a causa de un aparatoso accidente de esquí, de la que a día de hoy todavía sufro algunas secuelas: uno de los principales incentivos para esforzarme en recuperarme era volver a la espeleología, con todo lo que ello implica.

¿Ha habido algún lugar en el que dijera yo ahí no me meto

¡Desde luego que sí! Me da la impresión de que, en ese tipo de ocasiones, sale a relucir mi constante preocupación por la seguridad. Estoy convencida de que es por deformación profesional. Siempre defiendo que no hay cueva por la que merezca la pena arriesgar la vida. A veces me siento como “Pepito Grillo” y soy consciente de que advertir de un peligro puede cortarle el rollo a más de uno, pero prefiero que me llamen aguafiestas a que surja cualquier problema que pudiera haberse evitado. Ahí abajo, hay que pensarse dos veces hacer según qué cosas, porque, cuando pasa algo dentro de una cueva, todo se complica. Es un medio hostil hasta para quien lo conoce. Hay que pensar en uno mismo, pero también en los compañeros, en la familia y en los equipos de rescate que tendrán que ponerse en riesgo para sacarnos. Los accidentes pasan, pero no es cuestión de provocarlos.

¿Qué medidas de seguridad adoptan?

Cuanto entramos en las minas de agua romanas que estamos explorando en el subsuelo de varias localidades andaluzas, así como en algunas cuevas con problemas con la calidad del aire, llevamos medidores de gases y avanzamos con cautela, pendientes de lo que nos vayan indicando. 

Es muy importante ser prudentes y estar comprometidos con la seguridad propia y la de los compañeros. Es fácil dejarse llevar por el entusiasmo y la emoción de los momentos álgidos de la exploración, pero hay que tener la cabeza fría y saber ponerse límites para garantizar la seguridad en general y la nuestra en particular. El año pasado estaba de expedición en un lugar espectacular y en plena exploración me encontré una cuerda, cuya instalación, sinceramente, no me daba confianza. Era un pozo enorme, algo tremendo, pero me detuve un momento y reflexioné: “me encantan los pozos grandes, pero todavía más, mi propia seguridad”. Así que, en lugar de seguir bajando, volví a la cabecera a esperar a los que habían bajado. 

¿Cuáles diría que son las condiciones imprescindibles para practicar espeleología?

La espeleología o te gusta o no te gusta, o entras y te engancha o entras y juras no volver jamás. Por eso, no hay que forzar situaciones, que, cuando a ti te gusta algo, te piensas que a todo el mundo le tiene que gustar, y no es así.

Para acercarse a la espeleología, lo primero que hay que tener es curiosidad. Si a eso se le añade la capacidad para sorprenderse y las ganas de adentrarse en un mundo tan hostil como atractivo, mejor que mejor. Desde luego que los peligros existen dentro de las cuevas, pero también fuera. Sin embargo, si el riesgo, en vez de que sea del 100% o de un 90%, se reduce al 0% o al 10%, estamos hablando de una actividad segura. Para lograrlo, sólo hay un camino: formarse e integrarse en un equipo donde haya gente experimentada.

En definitiva, lo que hace falta es tener ilusión y dos dedos de frente.  

¿Cuáles diría que son las condiciones iTras convertirse en la primera espeleóloga europea en superar la profundidad de dos mil metros en una cavidad natural en 2010, al año siguiente fue reconocida como Deportista de Alto Nivel por el Consejo Superior de Deportes. ¿Cómo lo recuerda?

Fue en la sima Krúbera-Voronya, que fue la primera cavidad natural del mundo explorada por debajo de los dos kilómetros de profundidad. Se encuentra en Abjasia, que fue parte de la antigua Unión Soviética. Geopolíticamente se trata de un escenario complicado, lo que, unido a la dificultad del idioma ruso, significaba que prácticamente todas las expediciones que se organizaban a sus montañas estaban formadas por espeleólogos rusos y ucranianos. Aquélla ya era mi quinta expedición al Cáucaso, pero, hasta que no logré defenderme un poco en el idioma, no me quise embarcar en este desafío. Pasé malos ratos, lo reconozco, porque, aunque me sienta cómoda bajo tierra, una aventura así te saca de tu zona de confort y, a la par que exploras la cueva, exploras tus propios límites. Además de ser una cueva exigente por su profundidad, lo es por el frío y la constante caída de agua y, en ocasiones, de piedras. Pero, como dice el refrán: “sarna con gusto no pica, pero mortifica”. Disfruté intensamente de todos los días que estuve allí metida, no sólo por conocer partes de la sima a los que muy poca gente había llegado, sino porque mi entrada fue para cumplir varias misiones necesarias para lograr un objetivo común a todos los que estábamos en la expedición, que sumábamos alrededor de cuarenta personas: el buceo del último sifón conocido de la sima, para seguir ganándole profundidad.

No bajaba pensando en superar ningún tipo de récord.

No, claro que no Bajé en un equipo que tenía el encargo de realizar varios trabajos. Por un lado, estuvimos verificando el estado de algunos vivacs -o campamentos subterráneos- y abasteciéndolos, para los compañeros que tenían que entrar después a hacer otras tareas. Por otro, me encargué de colocar una serie de trampas en el entorno de estos vivacs, de cara al estudio bioespeleológico de esta descomunal cavidad, el cual dio unos resultados inesperados que revolucionaron la biología subterránea. Por último, tuvimos que portear botellas para los buzos al punto más alejado posible.

En esa ocasión, compartí fatigas con dos espeleólogos de Novokuznetsk, una ciudad ubicada en el sudoeste de Siberia y en las inmediaciones de la cuenca minera de Kuznetsk, que cuenta con uno de los mayores yacimientos de carbón del planeta, así que fue una incursión de lo más minera.

Los tres bajamos a hacer el porteo de material de buceo hasta la entrada a un sifón situado a unos -1.980 metros de profundidad. Lo dejamos allí, pues no nos era posible franquearlo con el equipamiento que llevábamos. Justo al lado de ese punto, estaba la cabecera del pozo que conducía hacia la pequeña salita “Game Over”, que se encuentra a la cota de -2.080 metros. Un amigo de Moscú nos animó a bajar a verla. La verdad es que no tenía ningún encanto más allá de su profundidad, pero los tres “mineros” nos pusimos a reír y a saltar cuando llegamos a ella. Fue muy divertido. Lo de batir un récord no estaba en mi mente, fue lo que en Andalucía se llama un “poyaque”, es decir, “pues ya que” estamos, bajamos un poco más.

Ciertamente, esa entrada para mí fue mucho más emocionante recoger manualmente unos miriápodos vivos a -1.500 metros de profundidad que llegar a la sala “Game Over”. Cuando los vi, me temblaba el pulso de la emoción.

¿Ha pensado en dedicarse profesionalmente a este deporte?

Hay quien ya piensa que soy profesional de la espeleología, pero no: esto es una afición, quizás un poco llevada al extremo, pero, con la excusa de ir de cuevas, vas a lugares espectaculares que, de otra forma, no irías, conoces a gente muy interesante que, de otro modo, no conocerías, aprendes cosas nuevas que, de otra manera, no aprenderías… Todas y cada una han sido experiencias excepcionales, que te sacan por completo de tu zona de confort. Por eso, aunque estés alucinando con todo, hay que estar centrados, porque hay que pensar lo que dar un paso en falso puede implicar para todo el equipo. En ese sentido, no sé si por estar bajo tierra, la camaradería que sentimos espeleólogos y mineros es muy similar. Por desgracia, en una salida totalmente ordinaria de fin de semana, viví el fallecimiento de un compañero. La sensación de mirar hacia atrás y no verle, es algo que no se me va a olvidar en la vida.

Texto: I. Casaprima